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CHARLAS SOBRE ENRIQUE JARDIEL PONCELA

 por Carlos Montauti    carlosmontauti@adinet.com.uy

 Capítulo primero.

 Conocí personalmente a la hija del escritor Enrique Jardiel Poncela hace  exactamente  36 años. Por un instante, quedé meditabundo y melancólico mientras escribía estas notas ¡Cuánto tiempo ha pasado ya de aquel maravilloso y encantador encuentro!

 Recuerdo que al llegar a Madrid, lo primero que hice fue buscar en la guía telefónica los Jardiel Poncela que pudiera haber. Encontré 11 y me puse en la tarea de llamarlos uno por uno. Algunas llamadas no contestaron, otras me decían que no eran para nada parientes del escritor. Casi al llegar al último Jardiel Poncela de la lista, llamo y me atiende una voz de mujer:

“-¿Es usted pariente del escritor Enrique Jardiel Poncela....? le pregunté.

“-¡Si, soy la tía de Evangelina, la hija mayor de Jardiel!” - Me respondió la voz femenina.

 Le pregunte por el número del teléfono de la nombrada Evangelina  y me dice que estaba dañado desde hacía varios días, pero que iría a visitarla esa misma tarde. Le explique que yo deseaba conocerla, entonces acordamos que le transmitiría mi mensaje.

Quedamos en que yo iría a visitarla al otro día  a su residencia.

Así lo hice.

 Poder conocer personalmente a Evangelina representaba para mi algo verdaderamente inusitado, fantástico; pues al comienzo de una de sus novelas, Jardiel relata la vez que junto a un grupo de amigos se dirigen a la iglesia a bautizar a su flamante bebe con el nombre de Evangelina.  Sin embargo, el cura párroco se niega  rotundamente a bautizarla poniendo como excusa que  Evangelina no era un nombre de santa.

 No es raro esto. A Galileo lo encerraron en un calabozo por haberse atrevido a afirmar que la tierra giraba y estando encerrado exclama....

“- ¡Y sin embargo gira!”

 Jardiel Poncela con su carácter peculiarmente terco, como buen español, se va con su comitiva a otra parroquia. Y mas adelante agrega en su libro:

”- Hoy tengo una hija que se llama Evangelina Jardiel Poncela”

Yo estaba, en ese momento,  a punto de conocerla personalmente. Cuando por la tarde golpeo en la puerta de su apartamento, ésta se abre repentinamente y una simpática y menuda mujercita me dispara este saludo:

“- Yo soy Evangelina!”

 Y yo, como una bola de ping pong, le respondo:

“- ¡Este es mi pasaporte con el cual viajo siempre!”

Y le entrego la magistral obra “La tournée de Dios” que era mi libro de cabecera. El clero  tenía prohibido este libro, lo cual era obvio como obvio fue lo de Galileo.

 

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