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Juan Leyva Salmeron

EL ÍNCLITO ANONIMATO DE ENRIQUE JARDIEL PONCELA
Por Juan Leyva Salmerón

Humorista: Enrique Jardiel Poncela. Autor teatral: Enrique Jardiel Poncela. Novelista: Enrique Jardiel Poncela. Guionista de cine, director de teatro, un hombre con una estatura de un metro sesenta: Enrique Jardiel Poncela. Enrique Jardiel Poncela, la locura inteligente del humorismo, asiste entre bastidores a los actos que durante este año conmemoran el centenario de su nacimiento, ocurrido el 15 de octubre de 1901.

Jardiel, curiosamente, no se inicia en la comedia, sino en los "cuentos odiosos, las novelas putrefactas, los artículos repugnantes y los versos presidiables", como catalogaría a su obra anterior al 26. Su renacimiento hace acto de presencia en la Tertulia de los sábados que preside Ramón Gómez de la Serna en la Sagrada Cripta del café de Pombo con el cargo de "Alférez de Castilla". Colabora en una docena de periódicos y revistas; entre ellas Buen Humor, Gutiérrez y Chiquilín, que fundaría con López Rubio, y en 1927, por fin, estrena una comedia mayor: Una noche de primavera sin sueño, que gusta al público, gusta al autor y gusta al empresario, que cierra con ella la temporada.

INNOVACIÓN A LA VISTA

Desde 1927 hasta su fallecimiento, Jardiel Poncela escribe 20 comedias sustanciales, renovando los escenarios. El teatro para él es un banco de pruebas: incluye técnicas de cine, movimientos de cajas, argumentos irracionales y surrealistas, diálogos disparatados, situaciones inverosímiles y personajes que se mueven entre la oligofrenia y la cordura estrambótica.

Se le cataloga como inventor del teatro del absurdo, adelantándose a Ionescu. Otros hablan de una nueva visión del teatro. Hay quienes aseguran que Jardiel no es contemporáneo sino moderno.

Lo que caracteriza a Jardiel es su fuerza interior. Es optimista, cínico y original, dispuesto a salirse en todo momento de lo convencionalmente estipulado. No le gusta la carcajada verdulera, a la que denomina "eco del infierno", ni los inventos anglosajones, sino escribir en las mesas de los cafés, renovar el teatro español y tomar una posición de risa frente a verdad.

"¿Qué el fondo del corazón humano es negro? -decía,
"¡Risa!
"¿Qué no hay nada en el mundo, ni lo más puro, que no se doblegue al dinero?
"¡Risa, risa!
"¿Qué todo está edificado sobre mentiras asquerosas y mantenido por injusticias eternas?, ¿qué el hombre es…?, ¿qué la mujer es…?
"¡Risa, risa, risa!
"Hay que coger la verdad de improviso -concluía Jardiel- y mirarla cara a cara sin pestañear, de igual modo que miramos la factura del gas a primeros de mes. Y cuando podamos contemplar, libres de estremecimientos, aquel semblante repulsivo, entonces…, ¡a reír! ¡a reír hasta hartarse!"

Consideraba la vida como un "torbellino vertiginoso de reacciones" y creía que "la existencia es un juego de azar y sólo los perturbados se obstinan en regir el azar con las leyes del cálculo y del razonamiento". Hace una vida de autoservicio, rápida, pues siempre ha tenido la impresión de morir joven. Eugenio D'Ors lo ve como un ser "excéntrico de la literatura que se comporta en la vida cotidiana siempre como un alucinado".

En hollywood se limitaba a comer filetes empanados y huevos, en palabras de José López Rubio, que fue quien le lleva a EE.UU. como guionista para realizar versiones en castellano de los éxitos ingleses aunque terminó llevando al cine sus propias obras de teatro. Su experiencia cinematográfica le llevo a realizar corto metrajes y en 1940 estrena en el cine 1 anuncio y 5 cartas y en 1941 Mauricio o una víctima del vicio, guiones que recopilaría como celuloides rancios y celuloides cómicos.

Para Jardiel, lo disparatado es positivo, arrollador y alegre y logra que el público se ponga de inmediato del lado de los personajes que rebosan estas cualidades. Se enfrentan en escena al costumbrismo, rígido y previsible, y de este choque entre generaciones, entre lo nuevo y lo antiguo, nacen las situaciones cómicas. Si al reparto se le añade un arquetipo irreal y alocado, pero con una mente brillante e ingeniosa, y se mezcla todo con un argumento inverosímil y unas conversaciones chispeantes cargadas de doble sentido, paradojas, homonimias y polisemias, entonces lo que consigue es un nuevo estreno. Los ingredientes son conocidos, la combinación de ambos, en cambio, es propiedad privada de Jardiel.

El teatro cómico se desenvolvía en una posguerra de baja calidad artística, de estancamiento y de un costumbrismo orientado a un público poco exigente que se conformaba con una distracción amable. Su espíritu innovador le hizo advertir, más que ningún otro autor de la época, que el teatro necesitaba una renovación para seguir subsistiendo. Estaba convencido que los escenarios fijos merman las posibilidades escénicas y estéticas.

Sin embargo, ese intento por "dignificar" el teatro cómico español no fue bien entendido y la crítica que "se echó del lado de lo negativo, malevolente y destructor", como reconoce el mismo Jardiel.

La continua pugna en la innovación hace que el crítico Alfredo Marqueire dijese que "cada uno de los estrenos de Jardiel era una experiencia de la que podían sacarse orientaciones y rumbos para el teatro que tan necesitado está de ellos", y que Jardiel, "llevaba al teatro inquietudes y propósitos nada frecuentes, arriesgándose a tramas que otros autores rehuyen".

La innovación no sólo se reflejaba en los escenarios sino también en la lectura, ya que hizo un teatro para leer. Y, además, con material autobiográfico. En los prólogos que precedían a cada obra escribía sobre las circunstancias en que fueron concebidas, dando toda clase de detalles de lugares, estados de ánimo, ideas, amigos, viajes, compromisos y anhelos.

LA CRITICA COMO PERRO DE PRESA

Tanta innovación en la estructura de los guiones, en los diálogos de sus personajes y en la escenificación, permite que sobresalga de entre todos los autores de la época. Tiene innumerables seguidores e incontables oponentes. En el Madrid de antes y después de la guerra la población se decanta abiertamente a favor o en contra de sus estrenos. Y la contra se llama incomprensión y crítica.

En efecto, es a partir de su segunda gran comedia, El cadáver del señor García, cuando en alguno de sus estrenos el patio de butacas se convierte en un delirio de gritos, broncas, aplausos, pateos, interrupciones y silbidos que continúan hasta caer el telón de manera que cuando concluye la obra nadie, necesariamente, puede haberse enterado de la comedia. Nadie salvo el autor y los actores, que se la habían leído varias veces. Se llega incluso a las manos y a la presencia policial en la sala para evitar mayor alboroto.

El conjunto de su obra no es entendida ni valorada lo suficiente por la crítica, que le ataca ferozmente. "El público paga y la crítica pega", suele decir. Cuando Jardiel consigue entusiasmar al público y levantarlo de sus asientos, la crítica habla de frases ocurrentes no muy acertadas; cuando alcanza el clímax ambiental, lo que falla es la escenificación; cuando logra un primer acto entusiasta, un segundo brillante y culminaba con un tercero extraordinario, la crítica argumenta que lo mejor de la obra había sido el ventanal del foro. Y Jardiel, "herido por aquellos que con injusticia y saña incansable me han atacado de la peor manera años y años acumulando dificultades en mi lucha por dignificar, elevar y mejorar el teatro cómico español actual", contesta a la crítica cansado de tanto atropello: "me gano el dinero honradamente, con el trabajo de mi cerebro, lo cual es poco frecuente entre la gente de pluma (literatos y avestruces)".

No se amilana ante al opinión ajena y las murmuraciones no hacen, a pesar de todo, que modifique su conducta. Al contrario, "cuando he sabido que una persona me difamaba" –escribe en el prólogo de Amor se escribe sin "H"- le he retirado el saludo de un modo inmediato. Con este sistema me he suprimido el trabajo de hablar con mucho imbécil".

El ataque de los críticos a su obra no se trata de una manía persecutoria. La novela La tourneé de Dios es calificada como la más negra y concienzuda irreverencia. Aunque basta con releer las crónicas aparecidas en la prensa de Barcelona después del estreno de Un marido de ida y vuelta en 1939 para saber cómo la crítica se las gasta: "Jardiel Poncela ha creado un tipo de humorismo de una vulgaridad y de cinismo atronador… Un marido de ida y vuelta reúne todos lo defectos de sus obras anteriores, agrandados por un complejo de inferioridad y por una despreocupación ante normas y principios merecedores de un respeto que llegan a indignar al público… Creemos que por imperativos de decencia y hasta la moralidad patriótica, cuando no por razones de mayor arraigo en nuestro espíritu, se hace necesaria una depuración en nuestra escena y una labor de vigilancia o de control en los estrenos, para salvaguardar los valores espirituales tan vergonzantemente atacados en ese engendro cómico-burlesco de la peor especie literaria y artística".

Para Jardiel, sin embargo, Un marido de ida y vuelta, junto con Cuatro corazones con freno y marcha atrás, Angelina o el honor de un brigadier y Las cinco advertencias de satanás son las obras más conseguidas.

OBRAS CORTAS

Se inicia en el periodismo a los 21 años de edad en las redacciones de los diarios Acción y La Correspondencia de España.

En 1922 escribe su primera novela, el Plano astral que presenta a un concurso organizado por el Círculo de Bellas Artes y del que obtiene un reconocimiento por parte del jurado.

Jardiel se inició escribiendo cuentos, reportajes, artículos, conferencias, guiones cinematográficos, novelas de intriga y otras elucubraciones que publicaba en los diarios El Sol, Información y La Voz y en los semanarios Gutiérrez, Buen Humor, Chiquilín, Nuevo Mundo, Blanco y Negro, siendo recopilados y editados posteriormente en dos volúmenes: Exceso de equipaje y El libro del convaleciente.

EL TEATRO

En 1927 estrenó su primera comedia en el teatro Lara de Madrid. La obra se titulaba Una noche de primavera sin sueño y, considerada como una de las más sobresalientes creaciones, gustó. Gustó al público, gustó a la crítica, gustó al autor y gustó al empresario Eduardo Yáñez, que cerró con ella la temporada.

Le siguieron El cadáver del señor García (1930), Margarita, Armando y su Padre (1931)y Usted tiene ojos de mujer fatal (1931), Un adulterio decente (1935), Cuatro corazones con freno y marcha atrás (1936), Eloísa está debajo de un almendro (1940), Madre (el drama padre) (1941), Los habitantes de la casa deshabitada (1942) o Es peligroso asomarse al exterior (1942), entre otras, en las que plantea los prejuicios decimonónicos del amor incestuoso, del adulterio, de la seriedad de los muertos, de la pócima de la juventud, la mordaza que impide a la realidad ser más sincera, el oropel de la apariencia, el dogmatismo religioso y el surrealismo de la vida encarnado en cualquiera de sus personajes oligofrénicos. Un teatro corrosivo pero atemperado de ese fondo mordiente al estar cargado de situaciones y diálogos chispeantes que no sombríos.

Aunque su mayor fracaso fue El amor sólo dura 2000 metros (1940). Fue la comedia más ensayada por Jardiel y en la que puso más ilusión y más trabajo que en cualquier otra y con la que consiguió el fracaso más completo de su trayectoria teatral.

LA NOVELA

Así como en el teatro Jardiel buscaba la innovación y el humor llevado al absurdo, en la novela perseguía la actualización de unos valores mitificados por la sociedad.

Jardiel Poncela escribió cuatro novelas largas de humor que siguen la línea de la ironía a la vez que dinamitaban los valores establecidos. La crítica las recibía con un crucifijo en una mano, con una estaca afilada en la otra y con los dientes de ajo en las encías.

Sus dos novelas más mordaces son La tourneé de Dios (1932) y Espérame en Siberia, vida mía (1929) que se completan con Amor se escribe sin "H" y Pero… ¿hubo alguna vez 10.000 vírgenes?

La tourneé… está calificada por el poeta Eugenio de Nora como "la más negra y concienzuda irreverencia" y es, sin duda, la más polémica de todas sus obras. Trata de Dios. De la tourneé que Dios hace por España cuando decide descender de los cielos. Trata de Dios. Del Dios cristiano que no sabe hablar hebreo, que se cuela en los trenes y que se abre paso entre la multitud que le aclama con una ametralladora. Pero Dios para Jardiel no es más que un ser humano, un hombre como cualquier otro –quizás un poco más gafe-, sin pretender en ningún momento ser antirreligioso porque "de ir contra alguien", dijo, "este libro va contra la Humanidad, porque la Humanidad está como una cabra".

En Espérame en Siberia, vida mía, exalta a la mujer que sabe valerse por sí misma ridiculizando al prototipo de hembra sometida intelectual, física y económicamente a un marido que suele ser más idiota que ella.

Se rebela contra la mujer que se encoge de hombros y consiente en hacerse esclava de la voluntad de su marido. Se rebela contra la sumisión, contra la condescendencia y contra el beneplácito. Y se encara con ello. Ahonda en el tema con la tragicomedia El sexo débil ha hecho gimnasia, con la que obtiene el premio Jacinto Benavente 1946 a la mejor comedia del año, otorgado por el Consejo Superior de Teatro.

Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? Desmitifica al Don Juan diciendo de él que "no es un hombre espiritual, ni un ensalzador de las buenas cualidades de la mujer, ni un aventurero, ni un idealista, ni un triunfador" sino "UN IDIOTA" que vive sin haber gustado del amor y cuyo final "no es morir a manos de un esposo ultrajado, como han venido asegurando los literatos". El verdadero final de Don Juan, para Jardiel, es el final del hombre y de su leyenda: "el artritismo, el reblandecimiento medular, la impotencia, la nefritis y las enfermedades mal curadas".

PARA EL FINAL, UN CENTENARIO

Revolucionario de la escenificación teatral y de la experiencia de la vida diaria: inventor, soltero, locutor de radio, independiente, cineasta, irónico, padre de dos hijas, decorador, agente publicitario, vanidoso, sincero, de profesión escritor, humorista, cínico e irremediablemente optimista, nace el 15 de octubre de 1901.

En estos días se conmemora el centenario de su nacimiento en un clima de estupor frente a un futuro deshumanizado. Jardiel Poncela asumió su presente pero se rebelaba contra él. Intentó tornar ese pavor en optimismo y el desánimo en "inyecciones de alegría" (subtítulo de su obra El libro del convaleciente). Por eso, como homenaje a su persona y a su obra, nos remitimos a las palabras de Félix de Valdivia, uno de los personajes de su novela Pero… hubo alguna vez 11.000 vírgenes, que hablando con su sobrino, le hace una confesión: "sobre mi tumba pondrás una losa de mármol con un epitafio que dirá: Caminante, aquí yace Félix de Valdivia, que se alegra de verte bueno."